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Donald Trump en Atlantic City: casinos en bancarrota y promesas sin cumplir

14.05.2016

Mientras otros casinos de Atlantic City florecían, los de Donald Trump se marchitaron.

Mark Makela para The New York Times

ATLANTIC CITY, N.J. — El casino-hotel está cerrado, sus ventanas empañadas por la sal del mar. En el exterior solo queda la sombra de las letras doradas que formaban su nombre: “T-R-U-M-P”.

No muy lejos de ahí, el casino-hotel Trump Marina, que perdía dinero, se vendió barato y ahora se conoce como el Golden Nugget.

En otro extremo del paseo marítimo, ahora desierto, el Trump Taj Mahal, que tiene un nuevo propietario, es todo lo que queda del imperio de los casinos que Donald Trump construyó hace más de un cuarto de siglo. Los años de abandono han dejado huellas visibles: las alfombras están raídas y los candelabros llenos de polvo cuelgan sobre unos cuantos clientes que juegan en las máquinas tragamonedas.

En sus actos de campaña, Trump, candidato republicano a la presidencia, suele jactarse de su éxito en Atlantic City, de cómo fue más listo que las empresas de Wall Street que financiaron sus casinos y usó el valor de su nombre para aumentar su fortuna. Un argumento clave de su candidatura es que llevaría esa misma habilidad para los negocios a la Casa Blanca.

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En el Perú, una alternativa a Machu Picchu aún oculta “Atlantic City me trajo mucha riqueza”, dijo Trump en una entrevista en mayo, resumiendo su historia en el lugar. “Fue increíble todo el dinero que gané ahí”.

Su personalidad atrevida y sus propiedades opulentas atrajeron la atención del público, así como a incontables jugadores, a Atlantic City cuando la ciudad buscaba destronar a Las Vegas como la capital del juego del país.

Sin embargo, un examen minucioso de los informes de los entes reguladores, documentos en poder de los juzgados y documentos de propiedad a los que ha tenido acceso The New York Times deja poca duda de que el negocio de los casinos de Trump fue un fracaso prolongado. Aunque ahora diga que sus casinos se vieron afectados por la misma marejada que golpeó a la industria del juego de esta ciudad costera, en realidad sus negocios en Atlantic City caían mucho antes de que Atlantic City comenzara a caer.

Aun cuando sus compañías entraran en crisis, a Trump le fue bien. Invirtió muy poco de su propio dinero, desplazó deudas personales a los casinos y se quedó millones de dólares en salarios, bonos y otros pagos. El peso de sus fracasos recayó en sus accionistas y en otros que habían apostado a su perspicacia para los negocios.

En tres entrevistas con el Times desde finales de abril, Trump reconoció en términos generales que sus casinos se habían visto afectados por deudas elevadas y ganancias que tardaron en llegar. No recordó con detalle algunos de los problemas, pero no puso en entredicho los hallazgos de The New York Times. Una y otra vez hizo énfasis en que lo que en verdad importaba sobre su época en Atlantic City fue que había ganado mucho dinero ahí.

Trump creó su imperio de casinos pidiendo prestado a tasas de interés tan altas —después de decirle a los reguladores que no lo haría— que las posibilidades de tener éxito de sus negocios eran casi nulas.

Las empresas de sus casinos terminaron cuatro veces en un tribunal de quiebras, y en cada ocasión persuadieron a los titulares para que aceptaran menos dinero del que les correspondía en lugar de ser eliminados del esquema de pagos. No obstante, las empresas aumentaron su costosa deuda en repetidas ocasiones y recurrieron de nuevo al tribunal para recibir protección frente a los prestamistas.

Después de escapar a duras penas de la ruina financiera a principios de los noventa, al retrasar el pago de sus deudas, Trump evitó la que hubiera podido ser su segunda crisis volviendo públicas las acciones de sus casinos y haciendo que fueran sus accionistas quienes cargaran con el riesgo.

No obstante, nunca pudo reunir suficientes jugadores en sus casinos para sustentar todos los préstamos. Durante una década en la que otros casinos de la ciudad prosperaron, los de Trump se rezagaron, acumulando enormes pérdidas año tras año. Los accionistas y titulares de bonos perdieron más de 1500 millones de dólares.

Mientras eso sucedía, Trump recibió enormes cantidades de dinero con la ayuda de un consejo de administración dócil. En una ocasión, como descubrió The New York Times, Trump sacó más de un millón de dólares de una sociedad anónima que perdía dinero y describió la transacción en el registro de valores de una forma que podría considerarse ilegal, de acuerdo con expertos jurídicos.

Trump dice ahora que se fue de Atlantic City en el momento perfecto. Sin embargo, los registros demuestran que luchó para conservar sus casinos años después de que la ciudad hubiera repuntado y solo fracasó porque los inversores ya no quisieron que siguiera a cargo de la operación.

Están aquellos que recuerdan con cariño el espectáculo que montó Trump, los miles de empleos que generó en una ciudad que atravesaba dificultades económicas y las decenas de millones de dólares en impuestos que generaron sus casinos.

“Él era una gran persona para la empresa”, dijo Scott C. Butera, presidente de la empresa de Trump cuando se fue a la quiebra en 2004. “Con su supervisión, su marca y mercadotecnia, es todo un experto”.

Otros salieron mal.

“Él ayudó a expandir Atlantic City, solo que no puso el capital que debía en los proyectos para que fueran solventes”, explicó H. Steven Norton, asesor de casinos y exejecutivo de Resorts International. “Cuando se fue a la quiebra, no le costó dinero únicamente a los tenedores de bonos, sino que lastimó a muchos pequeños negocios que le ayudaron a construir Taj Mahal”.

A Beth Rosser de West Chester, Pensilvania, aún le duele lo que le pasó a su padre, cuya empresa, Triad Building Specialties, estuvo al borde de la quiebra cuando Trump llevó a la quiebra al Taj. Tardó tres años en recuperar el dinero que se le debía por su trabajo en el casino y solo recibió 30 centavos de cada dólar.

“Trump subió a la cima sobre la espalda de los pequeños empresarios, y uno de ellos fue mi padre”, se quejó Rosser, que administra Triad actualmente. “No tuvo ninguna consideración por los miles de hombres y mujeres que trabajaron en esos proyectos. Dice que hará que Estados Unidos vuelva a ser grande, pero su pasado demuestra exactamente lo contrario”.

Aunque ha reconocido sus errores en acumular deudas que llevaron a sus hoteles y casinos a la parálisis, Trump ha sostenido categóricamente que eran los mejor administrados y los que gozaban de más éxito en Atlantic City.

“A los casinos les fue muy bien desde una perspectiva comercial”, dijo a la revista Playboy en 2004. “La gente coincide en que están bien administrados, tienen buen aspecto y a los clientes les encantan”.

En realidad, los ingresos de los casinos de Trump disminuían de manera constante en comparación con los de sus competidores una década antes de que otro tipo de problemas devastaran ese tipo de negocios.

Las ganancias de otros casinos de Atlantic City alcanzaron el 18 por ciento entre 1997 y 2002; las de Trump cayeron un punto.

La competencia se hizo más intensa en 2003, cuando abrió el Borgata Hotel Casino and Spa. De 40 pisos y con un costo de 1100 millones de dólares, el Borgata redefinió el concepto de casino de lujo en Atlantic City. Las ganancias de los casinos de Trump cayeron otro seis por ciento en poco menos de un año.

Si los ingresos de Trump hubiesen crecido al ritmo de otros casinos de Atlantic City, su empresa podría haber pagado sus intereses y posiblemente hubiera registrado ganancias. Pero con ingresos a la baja y costos al alza, sus casinos contaban con muy poco dinero para renovaciones y mejoras, algo vital para que los hoteles atraigan huéspedes. La sociedad anónima nunca registró un año rentable.

“Algo no está bien cuando ninguno de tus proyectos funciona”, señaló Marvin B. Roffman, un analista de casinos en Janney Montgomery Scott, una empresa de inversiones con sede en Filadelfia.

En retrospectiva, David Hanlon, un ejecutivo de casinos experimentado que administró las operaciones en Atlantic City de Merv Griffin, dijo que Trump logró convencer a los inversores, a banqueros y a Wall Street en repetidas ocasiones de que “su nombre tenía valor real”.

“Estaban tan fascinados con él que regresaban una segunda, tercera y cuarta vez”, relató Hanlon. “Le dejaron acabar con los activos. Era penoso verlo. Era asombroso. Tengo que darle crédito a Trump por usar su categoría de persona famosa una y otra vez”.

Algunos de los antiguos inversores en las empresas de Trump ya no ven ese valor.

“La gente subestima la capacidad de Donald Trump de saquear la empresa”, comentó Sebastian Pignatello, un inversor privado que en una ocasión tuvo acciones en los casinos de Trump por un valor de más de 500.000 dólares. “Él llevó a estas compañías a la quiebra con su mala administración, deuda y saqueo”.


ATLANTIC CITY, CASINOS, PARTIDO REPUBLICANO, TRUMP

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